Y fue entonces que lo vi, abriéndose paso hacia adelante. Primero vi su abrigo y su sombrero marrón; luego un uniforme azul y una gorra con visera, con su calavera y dos huesos cruzados. El recuerdo vino precipitadamente; el enorme cuarto con sus luces muy fuertes colgando sobre nuestras cabezas; el patético montón de vestidos y zapatos en medio del sueño; la vergûenza de caminar desnudas delante de este hombre.
Podía ver delante de mí la frágil figura de mi hermana, con las costillas bien visibles debajo de su piel transparente. Betsie, ¡qué flaca estabas! El lugar era Ravensbruck, y el hombre que se acercaba a donde yo estaba, había sido uno de los guardias de allí, uno de los más crueles.

Ahora estaba delante de mí, y tendiéndome la mano me dijo: "Señorita, ¡ése ha sido un magnífico mensaje! ¡Qué bueno es saber que, como usted dijo, todos nuestros pecados están en lo profundo del mar!" Y yo, que había hablado tan elocuentemente sobre el perdón, petendí buscar algo en mi cartera, en vez de estrechar su mano. Por supuesto, él no se acordaba de mí, ¿cómo podía recordar a una presa de entre miles de mujeres?
Pro yo me acordaba de él y de su látigo de cuero colgando de su cinturón. Estaba enfrentándome a uno de mis carceleros, y parecía que la sangre se me había congelado en las venas.
Usted mencionó Ravensbruck en su mensaje"- me dijo-Yo era uno de los guardias en ese lugar.
No, no se acordaba de mí.
- Pero desde ese tiempo"-continuó diciendo-, me he hecho cristiano. Sé que Dios me ha perdonado por todas las cosas crueles que hice allí, pero desearía que usted me perdonara también, señorita.De nuevo tendió la mano y me dijo:
- ¿Quisiera usted perdonarme?
Y permanecí allí de pie; yo, a quien Dios le había perdonado sus pecados una y otra vez, no podía perdonar a aquel hombre. Betsie había muerto en aquel lugar. ¿Podía borrar él su lenta muerte con sólo pedirme perdón?
Sólo habían transcurrido unos pocos segundos desde que él estaba allí de pie fente a mí, tendiéndome la mano, pero a mí me había parecido que habían pasado horas, mientrs luchaba con la cosa más difícil de todas las que había tenido que hacer en mi vida.
Porqué tenía que hacerlo, yo lo sabía muy bien.
El mensaje acerca de que Dios nos perdona, tiene una condición previa: que nosotros perdonemos a aquellos que nos han hehco algún daño. "Si no perdonan a los hombres su ofensas", dijo Jesús, "tampoco vuestro padre Padre que está en los cielos les perdonará vuestras ofensas".
Yo conocía esto no sólo como un mandamiento de Dios, sino como una experiencia diaria. Desde que la guerra había terminado, yo había tenido un hogar en Holanda para personas que habían sido v´citimas de la brutalidad de los nazis. Las que habían podido perdonar a sus antiguos enemigos habían sido capaces de regresar al mundo exterior y reconstruir sus vidas, a pesar de sus cicatrices físicas. Pero aquellas personas que habían alimentado su rencor, habían permanecido inválidas. Fue tan sencilo y tan horrible como eso.
Y aún así, permanecí allí de pie, con la frialdad paralizando mi corazón. Pero el perdón no es una emoción; y yo también sabía eso. El perdón es un acto e voluntad, y la voluntad puede funcionar sin tener en cuenta la temperatura del corazón. "¡Jesús, ayúdame!, oré silenciosamente. "Puedo levantar mi mano. Eso es todo lo que puedo hacer. Dáme té el sentimiento". Así que, inexpresiva y mecánicamente, puse mi mano en la que estaba extendida hacía mí. Y cuando hice eso, algo increíble sucedió. Una corriente comnezó a fluir desde mi hombro, bajó rápidamente por mi brazo y penetró en nuestras manos unidas. Y entonces ese calor sanador pareció inundar todo mi ser, llenando de lágrimas mis ojos.
- Te perdono, hermano- grité-. Te perdono con todo mi corazón.
Por un largo rato nos quedamos tomados de las manos; el antiguo guardia y la antigua presa. Jamás yo había conocido el amor de Dios tan intensamente, como lo conocí en ese momento. Pero a pesar de todo, me di cuenta de que realmente no era mi amor. Yo había tratado, pero me había faltado el poder. Era el poder del Espíritu Santo, tal como lo menciona en Romanos 5:5: "...porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado".
-Corrie ten Boom, Tramp for the Lord (1974)

Han pasado un par de meses sin escribir. Han pasado muchas cosas, entre buenas y malas, que me gustaría poder compartir con ustedes. Pero hoy decidí escribir sobre Corrie, Ana Frank y Shmuel, este último un personaje creado, protagonista de la película 'el niño con el pijama de rayas' el cual representa una realidad, que fue tan real tanto para Corrie, como para Ana. Dos mujeres que en sus diferentes edades, 52 y 15 respectivamente, fueron sometidas a una extraña existencia, donde el genocidio nazi fue su desdicha y los campos de concentración, las cámaras de gas, cuerpos o, hambre, trabajo, dolor, y maltrato; fue la cruel realidad que les tocó vivir.
Estas últimas semanas estuve pensando en el tema del perdón.
Perdón, una palabra tan difícil de pronunciar si va dirigida a la persona que en algún momento, sea como fuere, intencional o no, nos ocasionó un daño. Es mucho más sencillo pedirlo (perdón), pero ¿concederlo? He allí el problema. Resulta que estamos acostumbrados a pensar que al perdonar a alguien, liberamos a la otra persona ‘de sus pecados’, pero ya sea irónico, paradójico o recontra fuera lugar, la verdad es que el perdón se trata de la liberación personal. La verdad es que mientras no perdonemos a esa (s) persona (s) nuestro corazón se llenará de rencor, el dolor se incrementará, estará presente como un mal recuerdo perturbador y poco a poco ‘el cáncer’ llegará a su etapa terminal, donde al final será mucho más difícil dar una mirada atrás y tomar la decisión.
Tan simple y a la vez tan complicado, como Corrie lo comentó en su libro, muchas de las personas que no decidieron olvidar y no perdonar, se vieron sometidas a una vida de ataduras, imposibilitadas de redireccionar sus vidas.
Perdón, una palabra tan difícil de pronunciar si va dirigida a la persona que en algún momento, sea como fuere, intencional o no, nos ocasionó un daño. Es mucho más sencillo pedirlo (perdón), pero ¿concederlo? He allí el problema. Resulta que estamos acostumbrados a pensar que al perdonar a alguien, liberamos a la otra persona ‘de sus pecados’, pero ya sea irónico, paradójico o recontra fuera lugar, la verdad es que el perdón se trata de la liberación personal. La verdad es que mientras no perdonemos a esa (s) persona (s) nuestro corazón se llenará de rencor, el dolor se incrementará, estará presente como un mal recuerdo perturbador y poco a poco ‘el cáncer’ llegará a su etapa terminal, donde al final será mucho más difícil dar una mirada atrás y tomar la decisión.
Tan simple y a la vez tan complicado, como Corrie lo comentó en su libro, muchas de las personas que no decidieron olvidar y no perdonar, se vieron sometidas a una vida de ataduras, imposibilitadas de redireccionar sus vidas.
Anteriormente mencioné a Shmuel, personaje idealizado que representa no uno sino varios judíos, víctimas del holocausto y genocidio nazi. Este pequeño en la película, refleja la inocencia y resignación de un niño judío de 8 años que vive una realidad contrastada con la de su amigo Bruno, niño alemán de la misma edad, hijo del comandante encargado del campo de concentración donde Shmuel se encontraba. Una de las escenas más enternecedoras, es cuando Bruno, niega al soldado ser amigo de Shmuel, por temor al castigo del soldado y de se padre, quienes tenían un carácter típico del nazi: fríos e insensibles. Pasados unos días, Bruno regresa en busca de Shmuel, para pedirle perdón, ante tal requerimiento, Shmuel baja la cabeza y con una mirada que refleja entre dolor y compasión, extiende su mano, en símbolo de perdón. Cabe resaltar que Bruno en su temprana edad no comprendía lo que sucedía, y sus reacciones eran típicas de un niño de su edad en el ambiente que se encontraba.
Tanto Corrie como Shmuel perdonaron, en ningún momento se dijo que les fue fácil, pero lo hicieron. No es mi intención comparar el dolor que pudieron sentir ellos con el que uno de ustedes pueda estar experimentando. Pero, lo cierto es que no es imposible y es necesario, por nuestro bienestar, por la limpieza de nuestro corazón, por nuestra liberación. Recordemos que Dios es justo y de él proviene la justicia divina, el resto lo hará él. Debemos preocuparnos por pedirle de su ayuda, de sus fuerzas y del poder del Espíritu Santo para perdonar.
Deseo que cada uno pueda encontrar esa paz que tanto busca, y para conseguirla, ya sabemos por dónde debemos empezar. A mí, me costó, y mucho. Pero ahora, puedo decirles que la paz que siento es indescriptible.

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